
-“¿Cómo se conocieron Miguel y tú?”
Claudia quedó perpleja por el atrevimiento.
Amanda le quedó mirando hipnóticamente a los ojos, con aquella técnica que el Maestro Rocha le enseñó tiempo atrás.
Claudia se sintió de pronto herida, intruida ¿tan lejos habían llegado las cosas como para que ahora ella osase interrogarle por aquello?. Esto era como una segunda acuchillada, una nueva afrenta.
Y sin embargo, en medio de un extraño mareo repentino, empezó a balbucear una respuesta:
-“Amiga, creo que esto es algo privado… es decir es mi pasado ¿no?... en esa época nosotras estábamos años luz distanciadas…no creo que sea… oportuno… además… ¿Para qué recordar?”
La antigua Sanadora ataca:
-“Clau, tú lo haz dicho muy bien: “Amiga”… somos amigas… debemos ya de una vez terminar con los secretos que nos separan… yo ya te conté cómo sucedió lo mío con Miguel…ya, entiendo que no es lo mismo. Yo estaba obligada moralmente, digamos, a hablarte de eso, pero igual, creo que lo mejor es que seamos totalmente transparentes”
De los sueños, de los Montes, de las Flores, de los Cielos. No resiste más la oscura y magnética mirada de su compañera y contemplando brevemente el cielo semi-despejado de primavera reacciona:
-“Está bien Amanda. No más secretos. Yo te cuento lo de Miguel y tú lo de Rocha.”
-“¿Lo de Augusto? ¿Porqué?”
-“Transparencia total ¿no amiga?”
-“Bueno, pero…”
Nunca le dejará de sorprender su fuerza. Claudia es una leona, piensa Amanda. Con esos cabellos claros y esos ojos felinos que la caracterizaron desde niña. Con estas reacciones certeras cada vez que se halla acorralada: ¡inquirir por Rocha! ¡qué agudeza! Esta mujer sabe golpear donde más hiere.
-“¿Pero?”
-“Nada… Está bien, trato hecho.”
Claudia esboza una leve sonrisa. Toma un poco más de vino.
-“Trataré de ser breve. A miguel le conocí en la Fiesta del Milenio del Yacht Club de Pucusana, Año Nuevo del Dos Mil… Como es de dominio público eran mis tiempos de alcohólica, drogadicta, díscola, degenerada y blablabla. Claro, no todo era perdición, mi obsesión por la apariencia física y mi buen gusto en la moda me llevaron a la cumbre de la divez… digo, que era como una diva, más bonita que nunca, era hermosa, uy, cuánto me gustaba mirarme al espejo, era una dicha, el espejo era el alimento de mi alma.”
Guarda cinco segundos de silencio. Amandacha no osa decir nada ante el contragolpe de la leona.
-“Y claro, las chicas me envidiaban y no te hablo de una envidia como las que tú y otras me tenían en el colegio, no, esta era una señora envidia… ahí donde la admiración se confunde con el odio, eso mismo. No me mires así por favor. Tú sabes que la modestia nunca fue una de mis virtudes y ahora estamos hablando las cosas como son ¿no?.”
-“Yo no te juzgo, solo te oigo. Continúa por favor.”
-“Bueno, te decía eso de la envidia de las chicas… eso era una cosa, otra cosa obviamente eran los hombres, algunos me cortejaban, galanes en mi vida nunca me han faltado y eso te consta, pero la mayoría como que se palteaba, se achicaban…unos sonsos, pues…entonces yo hacía lo mío, es decir lo que me daba la gana, chupaba, me lanzaba, bailaba, así con alguna amiga o sola nomás y si por ahí aparecía un chico simpático bien.. y si no… ah, nunca sucedía eso… tarde o temprano llegaba alguien o mejor dicho, varios… y ahí según mi ánimo decidía. Pero esa noche era algo diferente…”
-“¿Porqué?”
-“Nada en especial…que era fin de año, de siglo, de milenio…ja, hasta parecía el fin del mundo…y ese día me había puesto a pensar en que estaba perdiendo el tiempo, que la Universidad no me gustaba, que no debía haberme metido a Antropología, que mi grupo de amigos era buena onda pero que yo ya debía estar en otro lado, en otro nivel, en Europa, en Nueva York y no en la Coordinadora Estudiantil por la Democracia ¿Entiendes?... y claro ya en esas también pensaba en mi viejo que ya aparecía en los periódicos, que venía mal, tarde y nunca a casa, los rumores en la familia… todo eso me bajoneaba.”
Otra Pausa. Empieza a atardecer o a oscurecer, que en Lima de mayo a noviembre es prácticamente lo mismo.
-“Y llegué pues a esa fiesta con mi amiga y unos amigos de ella que no conocía ni me interesaba conocer. Ellos no tenían ni carro. Yo no tenía ni ganas de hombre esa noche, sólo de bailar, de chupar, cantar, gritarle al mar toda la mierda que llevaba adentro, mandar al milenio a la mierda, mandarlo todo a la mismísima eme.”
-“¿Y Miguel?”
-“A eso voy, Pazde, no te me desesperes, dije que iba a ser breve, pero qué se yo, los recuerdos me han puesto como una lora… en fin, yo bailaba y bailaba nomás mientras la gente contaba los minutos para que dieran las doce y había un chico que me miraba y miraba… pero no lo hacía como un baboso de los habituales, él era diferente… me quedaba viendo como analizándome, en un sentido medio científico ¿ah?”
Hace un gesto de extrañeza.
-“Sí creo entender eso Claudia, sigue por favor.”
-“Ese chico era Miguel por supuesto. Me pareció que lo conocía de algún lado, y claro, había venido en el mismo carro que yo, sólo que entonces yo ni la más minima atención le había prestado. Al principio me jodía que me mirase así y fué por eso que empecé a devolverle las miradas: para que se asustase o para que se acercase, pero que se deje de cosas, pero nada: él ahí, de pie, con su carita ojerosa de loquito, chanconcito, medio pitucón, tímido, bien vestido –aunque muy sobrio- y churro, churrísimo.”
Claudia suspira.
-“Fui por lana y salí trasquilada como dice el dicho. Quise desesperarlo, pero fué él con su actitud inmutable quien empezó a cautivarme. Y ya sé que esto que te voy a decir va malograr un poco el cuento de hadas, pero a decir verdad las pepas que me había metido también jugaron su parte. Pasaba el tiempo y yo ya solamente deseaba que él viniese aunque sea para pedirme la hora, pero que se aproxime para conocerlo. La ansiedad, pues. Entonces llegó la medianoche.”
-“¿Y?”
-“En cuestión de segundos todo como que se quebró. La música se detuvo. Se encendieron las luces. Inició el conteó regresivo: “Diez, nueve, ocho…”. Eso me aturdió
toda. O sea, la fiesta se interrumpió y yo que estaba solitaria en mi dancing me quedé en el aire. Toda la gente se saludaba, se abrazaba…algunos chapaban. De repente me sentí tan sola, tan estúpidamente sola.”
Es de noche en Lima. Amanda es ahora quien siente necesidad de un poco más de vino.
-“Sentí alguien entre la muchedumbre de desconocidos que se acercaba a mí: ¡era él!. Caminó a paso apurado hasta donde yo estaba. Esperé un saludo, pero no imaginé lo que vendría después.”
-“¿Te besó ahí mismo?”
-“Más que eso, amiga, me besó, me atrapó con los brazos, me llevó detrás de una barra improvisada que habían colocado junto una pared de frontón, eso fue casi un secuestro.”
Claudia sonríe.
-“Hicimos el amor allí mismo. Todo fué tan espontáneo, tan mágico… lo hicimos y luego nos quedamos hoooras de horas hablando de mil cosas, de su vida, de mi vida, de nuestros traumas, de nuestros proyectos, nos quedamos medio dormidos un ratazo…serían como las cuatro, cinco, no sé, cuando me cogió de la mano y me dijo para bajar a la playa por unas escaleras que estaban allí al lado. En esa playita volvimos a hacerlo y vimos el amanecer. Entonces me dijo “Te amo”. Y yo me emocioné mucho porque primera vez en mi vida que un hombre sinceramente me lo decía.”
-“¿Te dijo para estar entonces?”
-“Las palabras sobraban, eso estaba implícito, pues…yo ya sabía que éramos enamorados…dos enamorados enamorados ¿captas no?... por eso ni la pensé y les respondí: “Te amo”. Nunca le había dicho eso a nadie.”
-“¿Y después?”
-“Después…pues fuimos muy felices unas semanas, hasta que sucedió lo de mi padre que en paz descanse, no solo me puse depre a causa de eso sino como ya te conté me vino todo un cuadro de crisis nerviosas azuzado por mucha gente resentida del entorno que no sabe respetar la paz de los muertos. Miguel estuvo a mi lado y para protegerme me propuso irnos a vivir juntos de una vez. Convivimos con nuestras buenas y nuestras malas, pero siempre con mucho cariño. Aplazamos lo de la boda debido al clima político y el resto ya lo sabes: un buen día se mudó al lado una mujer de mi pasado que cortaría mi futuro.”
Amanda siente el golpe y decide retornar al trance de hipnosis con el que originó esta confesión.
-“Esa mirada, Pazde”
-“¿Qué hay con mi mirada?”
Claudia Montes coge la botella de vino y pretende leer la etiqueta.
-“Nada, querida. Algo me dice que estás pensando en tu antiguo Maestro”.
-“No, nada que ver. He prestado total atención a tu historia.”
-“Ya lo creo, ya.”
Una leona sosegada, pero firme.
-“ Ahora cuéntame cómo fué lo de Augusto Rocha contigo.”