jueves, febrero 26, 2009

*Nota del Autor

Estimados lectores,

Por motivos personales tengo que ausentarme de este Blog por un mes y medio.

Este proyecto de novela que estoy intentando continuará en Abril 2009.

A nombre mío y de estos personajes -que ya tienen vida propia- agradezco su paciencia.

Amanda la Sanadora, Claudia la Justiciera, Miguel el Caminante... nada de esto sería posible sin Ustedes.

¡Volveremos!

sábado, febrero 14, 2009

Siempre tuya


Lima, un invierno de tantos.
Querido Miguel,

Pensaba hace tiempo en escribirte una carta. No por el hecho que últimamente andas “desaparecido” de Internet, sino porque sinceramente tengo algo que decirte, algo importante que no se condice con las tecnologías modernas.

Claudia, como ya sabrás, retornó a Lima hace un mes. Nos encontramos casualmente un día en la Universidad Católica (han abierto una Facultad de Arquitectura y ahora enseño ahí, pero bueno, ese es otro cuento).

Ella parecía tranquila conmigo. Nos saludamos fríamente (“hola que tal.. bien.. ¿tú?” y esas cosas) y cuando me acerqué para dar el beso de despedida me sorprendió con una invitación a tomar un café en Miraflores esa misma noche.

No entiendo si es que Claudia es sincera u hipócrita, o si acaso está simplemente esforzándose en ser magnánima y perdonarme. El hecho es que tras esa primera velada, nos hemos reunido tres veces ya.

A mí me mata la culpa cada vez que observo la cicatriz que le causé aquella infame noche.

Me cuesta trabajo mirarla al rostro. Bajo la mirada más bien y estudio sus accesorios, sus collares, sus pulseras y se los elogio con falso entusiasmo, con el propósito de agradarle porque no termino de creer que después de todo ella haya conseguido reconciliar sus sentimientos para conmigo.

El tabú entre nosotras lleva tu nombre. No hemos hablado de ti. Ni de lo nuestro, Miguel (lo que aconteció ante el Chamán entre tú y yo), ni de nada que tenga que ver contigo.

Yo no me atrevo a preguntarle nada. No sé cómo así la relación entre Ustedes allá en Barcelona finalmente se derrumbó.

Aunque, claro, me invade la culpa porque sospecho que directa o indirectamente lo que yo hice en el tiempo previo al viaje tiene algo o mucho que ver con aquello.

Charlar con Clau, poder pretender ser amigas nuevamente, de alguna manera me va amainando todo este arrepentimiento que llevo empozado por años en el alma.

Pero, tú Miguel, tú, eres la otra cara de la moneda, el otro lado de mi estigma y tu silencio se me ha tornado ahora simplemente ingobernable.

Yo nunca más fui la misma tras lo que sucedió entre nos. Cuando Ustedes se fueron a vivir a Europa, intenté retomar mi vida sentimental pero no pude.
Aunque no lo creas en este tiempo tan largo en que las arrugas han empezado lentamente –como una serpiente serena y venenosa- a trazarme la piel, solamente he estado con un hombre.

Tuve una relación de seis meses con un jovencito diez años menor que yo. Su alegría, su idealismo y su vitalidad en un principio me hicieron sentir una mujer nueva y creí ser feliz. Pero todo fue una ilusión que pronto se desvaneció.

No te contaré los pormenores de este episodio porque no vienen al caso. El punto es que estando a su lado y también –irónicamente- estando al lado del Maestro Rocha (en las sesiones de Sanación que aún realizamos) no he podido evitar extrañarte.

Seré franca, mi vida, no solamente es la necesidad de matar mi vergüenza la que me impulsa –con el fin de reconciliarnos amicalmente- a escribirte esta carta.

Es también y principalmente, el amor que siento por ti (ya está, lo dije).

Me preocupas, Miguel, como ya dije no sé de lo acontecido en España, pero a juzgar por el semblante de Claudia y a la luz de los hechos conocidos (tu incomunicación, entre ellos) imagino que debes estar pasándola mal.

Te visualizo en mi mente tal como la primera vez que charlamos. Aquella tarde en la azotea del edificio, yo subiendo a explorar la vista a la ciudad y tú llorando frente al mar acompañado de una Inca Kola.
Entonces lo primero que me dijiste es que eras abstemio ¿recuerdas? y rompimos en una risa compartida por lo absurda que resultaba tal escena para ambos.

Mi sano amor, ¿Qué está sucediendo contigo? ¿Estás bien? ¿Puedo hacer algo por ti? ¿Quieres que viaje a Barcelona? ¿Quieres venir? ¿Me necesitas? ¿Me necesitas como yo a ti? ¿Me quieres?.

Soy la misma sonsa de siempre ¿ya ves?. Estoy llorando mientras escribo y ahora que caigo en la cuenta lo ridícula que es esta misiva, decido pues que no he de enviártela.

Guardaré esta carta en el viejo baúl de la memoria que me regaló mi abuelo (que en paz descanse) y cuando sea el momento preciso, recién me leerás.

Entonces sabrás cuánto te he querido, cuánto aún te quiero y cuánto te querré.

Siempre tuya,

AMANDA

PD: No fecharé esta epístola, pues más allá de los hechos narrados, el sentimiento que le da razón de ser es atemporal.

martes, febrero 10, 2009

La erección prohibida




-“Bueno, Claudia. Ya está, ya fue. Me voy a la cocina a tomar algo, tengo sed.”

La mujer de Miguel permanece muda, con la mirada fija en algún punto cercano al televisor apagado.

-“Uff… si no quieres decir nada, cosa tuya, amor. Estas cosas pasan. No hagamos un drama ¿puede ser?.”

En la cocina, se bebe una Inca Kola helada. Siente una leve sensación de alivio y abre la puerta del refrigerador para ver si hay algo de comer.

Bruscamente, Clau irrumpe en el espacio.

-“¿Así que estás normal, no?”

Mik siente repentino estrés en la parte alta de la columna.

-“Vamos, come, toma, silba un poco si quieres y después túmbate en la cama a ver el canal del fútbol en la tele, anda Mikito lindo. Total ¿Aquí no ha pasado nada, no?.”

No deseaba esta situación. El tono sarcástico de la voz de su pareja y sus manos en la cintura, son el preludio evidente de la tormenta por desatarse. Decide dar un salto adelante, tomar al toro por los cuernos.

-“Clau, okei, estás molesta. Puedo entenderlo, pero la verdad es simple: lo intentamos, no se dió y punto. Yo no tengo la culpa exclusiva de esto. El amor es una cosa de a dos.”

-“¿Crees que soy una retrasada mental acaso?. ¡Hace cuatro meses que no tiramos, huevón!. ¡Cuatro meses y siempre lo mismo: no se te para!. “Cosa de a dos”, “cosa de a dos” ¡Siempre el mismo rollo, pero la verdad es que no se te levanta, eso es todo! ¿O acaso yo estoy haciendo algo mal? ¡a ver dime pues!.”

Miguel suspira.

-“¿Sabes qué?. Pasa que tú lo quieres resolver esto a las patadas, a los gritos. Qué excitante: me insultas y me reclamas todo. Mi pene y yo te lo vamos a agradecer, seguro.”

-“Estúpido. ¿Por qué no me haces caso?. Desde antes de Navidad te vengo diciendo para que vayamos al doctor a que te vea esto. Mierda, ¿Tu ridículo machismo es más fuerte que lo nuestro? ¡¿Por qu­é no puedes admitir de una puta vez qué estás con un problema sexual, que no te funciona!?. Estoy segura que debe ser algo simple, algo que te está cayendo mal… como hoy mismo que llegaste a casa con un cólico.”

Claudia está de pie agitando los brazos. Miguel ha tomado asiento y se aferra a su botella de gaseosa, como un niño a su juguete favorito.

-“Es que mi problema, para empezar no es “mi” problema sino “nuestro” problema: se llama “crisis de pareja” por si no te enteras. Lo que tenemos que hacer es sentarnos y conversar tranquilos como adultos. Qué fácil es alzar la voz cuando no se quiere dialogar ¿no?. Así es facilito todo: “la culpa es de Miguel, yo soy la novia perfecta”. No me jodas, pues.”

Espera una respuesta más agresiva de parte de ella, pero para su asombro, Clau hace mutis. Presiente que no es una buena idea, más no puede evitarlo. Sale de la cocina y ahí la encuentra en posición fetal, derrumbada en la alfombra de la sala, llorando.

Pasan diez minutos muertos. Ella desahoga su frustración afectiva y sexual a punta de lágrimas, él la observa temeroso que vuelva a despertar la fiera que su mujer lleva adentro de sí –lo sabe muy bien-.

Claudia se acomoda de pronto sus largos y despeinados cabellos rubios. Sin mirar a su hombre. Simplemente dice con aplomo:

-“Miguel, no soy la histérica intransigente que crees qué soy. Soy una mujer de carne y hueso que está necesitando el cariño de su enamorado. Te propongo algo. Hablemos civilizadamente como tú propones, tú me dices tus críticas hacia mí y yo lo mismo contigo. Nos entendemos de palabra, que eso es importante –te doy la razón en este punto-. Pero…”

Ella hace una pausa, producto del nudo que lleva en la garganta. El se impacienta.

- “Pero ¿Qué?”

- “Pero si aún después de eso, no funcionas en la cama, nos vamos adonde el Doctor Miralles.”

- “¿Quién?”

- “Un urólogo, que también es psicólogo, muy bien recomendado. Creo que es justo lo que necesitas ¿trato hecho?.”

- “A ver.. Primero ¿recomendado por quién? y segundo, si seguimos tu “hoja de ruta” ¿te comprometes a no estallar, no andar gritándome, insultándome y toda la película?”

- “Sé de ese médico por la televisión, radios, periódicos… hasta tiene una columna en “Somos”. Claro, tú vives en otro mundo, no te enteras de lo que toda la gente sabe…y, en cuanto a lo otro, sí, me comprometo a estar tranquila, a ser toda “paz y amor” mientras dure todo el proceso. Ahora sí: ¿trato hecho?.”

- “Trato hecho, Claudia.”

- “Dame un beso, mi vida.”

Las treguas de las guerras del amor resultan a veces terriblemente breves. Como en cualquier guerra, basta que uno de los bandos transgreda un hito, unos centímetros de prudencia, para que el fuego se reanude en dimensiones impías.

Un beso en los labios en la sala de estar a oscuras de un departamento de convivientes y apenas una hora más tarde, cuando los implicados ya se retiraron a su aposento común, el hombre cruza la línea del armisticio.

A las dos de la madrugada, a Claudia le acontece un inesperado descenso menstrual entre sus piernas. Corre al baño sin pensarlo. Al abrir la puerta y prender la luz, la sorpresa: Miguel masturbándose en el lavadero con la inapelable evidencia de su miembro viril erecto y desnudo.

Al otro lado de la pared, en el departamento contiguo, Amanda duerme plácidamente sin imaginar siquiera su inminente ingreso al conflicto.

Sí acaso soñando con la razón de ser de sus futuras desgracias: un vecino prohibido con quien el destino le ha deparado emparentarse tal cual el Guanarpo Hembra con el Guanarpo Macho. Las entrelazadas raíces afrodisíacas de esta batalla que acaba de iniciarse.

martes, febrero 03, 2009

Hirviente Claudia


Miguel. ¿Cómo decirlo?. No puedo negar que pese a todo aún siento algo por él. Fuimos novios durante cinco años, claro que tuvimos peleas, rompimos, regresamos y así, hasta que finalmente se acabó.

Pero, por encima de todo, a la distancia del tiempo puedo decir que Miguel Dapino siempre fué un hombre de buen corazón, atento, amable, dispuesto a escucharme.

Yo quedé muy molesta con él por algo que en realidad fué mi culpa. O cuando más, una responsabilidad compartida. Lo seguí a París y abandoné mi carrera, en una decision irresponsable. Eso es cierto.

Pero no menos verdadero era el hecho que vivía agobiada por el día a día de la Lima de la “Gentita”: el mismo círculo de siempre, las mismas saliditas, las mismas caras, cuerpos, olores…

Y claro, por mi señora madre, quien no aceptaba la idea que hubiese dejado la casa para convivir con Miguel.

No estaba entre mis planes casarme, era aún muy joven, lo de mi padre aún estaba muy fresco en la memoria. Y más allá de todo, para ser sincera, dudaba de sus sentimientos: sentía que en cualquier momento me podia dejar por otra, como que de hecho ello casi sucedió.

Nos peleábamos constantemente. Yo ya no soportaba las largas horas de soledad, estudiando, “chancando” libros de una carrera que ya no sentía a esas alturas como mi vocación. De hecho, me hallaba más desorientada que cuando salí del colegio.

Y hubiese sido igual o peor si me hubiese metido a una carrera “convencional” como Derecho o Economía. Por lo menos en la facultad de Antropología tenía amigos y amigas de mente abierta.

Claro que a Miguel, mis amistades le repelían. “No los entiendo” decía "Hablan y hablan de política, pero no hacen nada real para cambiar las cosas, en el fondo no son más que una tira de chismosos y resentidos" .

Más, poniéndome en una perspectiva más amplia, era un círculo vicioso, o como dice el dicho “para bailar el tango se necesitan dos”. Y vaya que yo detestaba a los “conocidos” de Miguel (porque no eran sus verdaderos amigos, eso nunca me lo creí): abogaditos parlanchines, llenos de prejuicios sobre el 99% de la realidad peruana, aspirantes a “yuppies” sin la más elemental cultura general (esos que pronuncian “Boryes” cuando aluden a Jorge Luis Borges).

Nuestra relación había llegado a un punto muerto y lo peor es que mi vida misma estaba empozada del todo. No quería volver adonde mi madre ni a balazos.

Mal que bien me había acostumbrado a los bienes que Miguel me proveía (el departamento mismo, que sin ser nada del otro mundo, tenía comodidades que superaron desde un inicio mis expectativas). Faltaba a clases en la Universidad constantemente y “jalaba” tontamente cursos. No vislumbraba posibilidad alguna de conseguir una “chamba” decente.

Entonces, el Señor M., mi adorado Mik (pese a todo) un día me propuso irnos a Paris. Su empresa le financiaba una pasantía laboral allí, y con sus ingresos más ahorros, bastaba y sobraba para mi manutención.

“Además, allí puedes volverte una antropóloga de verdad, en una Universidad de verdad y con una pareja de verdad, con un hombre que sinceramente sólo te ama a tí y nadie más. Olvídemos lo que pasó con tu Amiga, fué un mal paso, lo nuestro vale la pena, hay que escribir nuestra propia historia” me dijo y sonaba muy sensato.

No lo pensé dos veces: lo quería, deseaba resucitar nuestra relación del pantanal en donde habíamos naufragado, y a gritos deseaba huir de Lima.

Todo lo que vino después, la decadencia de lo nuestro y el hundimiento de mí misma no fué su culpa sino la mía. Tardé tiempo en entenderlo. Tardé tiempo en madurar y aún no termino de matar a esa niña renegona y rencorosa que llevo dentro, aj, odio eso de mí.

Lo de Amandita -mi querida "Pazde"- bueno, es historia aparte. Ella fue entonces una circunstancia del destino que catalizó todo el proceso. Es más fácil perdonar y comprender a quien no amas y creo que por eso a mi retorno a Lima fué tan espontánea e incluso pasional, nuestra reconciliación.

¿Pero ahora? ¿Con Miguel aquí que no termina de irse? ¿Con la inminente espada de damócles que es su reencuentro con Pazde? ¿Qué me hago con todo esto?.

Siento tantas cosas. Los imagino juntos, los sueño juntos y me da ganas de matarlos.

No creo tener la compasión de perdonarle la vida -como ella hizo una vez conmigo- sí la encuentro intimando con él.

Los días pasan y no sé si es mejor evadir y esperar que todo se resuelva solo -o sea que Miguel se largue de una buena vez- o enfrentar esto cara a cara y no huir más como una ratona cobarde.

Y sin embargo, si Miguel se va creo que la nostalgia me matará lentamente, ahondando los surcos que asoman en mi rostro, haciéndome marchitar en vida. Porque lo quiero, porqué anoche entendí en aquél barato hostal barranquino, cuán necesario es para mí.

Y sin embargo, en este revoltijo amasado por los años, ya no sé si hoy por hoy requiero más del sexo tierno y a la vez ardiente de Miguel o de las dulces y traviesas veladas con Amanda.

Ay, vida. ¿Existe una tecla donde apretar para dejar de pensar?. Pues, nada. Ahora, a fumar un troncho. Cómo "en los buenos tiempos". Ja.