
Miguel. ¿Cómo decirlo?. No puedo negar que pese a todo aún siento algo por él. Fuimos novios durante cinco años, claro que tuvimos peleas, rompimos, regresamos y así, hasta que finalmente se acabó.
Pero, por encima de todo, a la distancia del tiempo puedo decir que Miguel Dapino siempre fué un hombre de buen corazón, atento, amable, dispuesto a escucharme.
Yo quedé muy molesta con él por algo que en realidad fué mi culpa. O cuando más, una responsabilidad compartida. Lo seguí a París y abandoné mi carrera, en una decision irresponsable. Eso es cierto.
Pero no menos verdadero era el hecho que vivía agobiada por el día a día de la Lima de la “Gentita”: el mismo círculo de siempre, las mismas saliditas, las mismas caras, cuerpos, olores…
Y claro, por mi señora madre, quien no aceptaba la idea que hubiese dejado la casa para convivir con Miguel.
No estaba entre mis planes casarme, era aún muy joven, lo de mi padre aún estaba muy fresco en la memoria. Y más allá de todo, para ser sincera, dudaba de sus sentimientos: sentía que en cualquier momento me podia dejar por otra, como que de hecho ello casi sucedió.
Nos peleábamos constantemente. Yo ya no soportaba las largas horas de soledad, estudiando, “chancando” libros de una carrera que ya no sentía a esas alturas como mi vocación. De hecho, me hallaba más desorientada que cuando salí del colegio.
Y hubiese sido igual o peor si me hubiese metido a una carrera “convencional” como Derecho o Economía. Por lo menos en la facultad de Antropología tenía amigos y amigas de mente abierta.
Claro que a Miguel, mis amistades le repelían. “No los entiendo” decía "Hablan y hablan de política, pero no hacen nada real para cambiar las cosas, en el fondo no son más que una tira de chismosos y resentidos" .
Más, poniéndome en una perspectiva más amplia, era un círculo vicioso, o como dice el dicho “para bailar el tango se necesitan dos”. Y vaya que yo detestaba a los “conocidos” de Miguel (porque no eran sus verdaderos amigos, eso nunca me lo creí): abogaditos parlanchines, llenos de prejuicios sobre el 99% de la realidad peruana, aspirantes a “yuppies” sin la más elemental cultura general (esos que pronuncian “Boryes” cuando aluden a Jorge Luis Borges).
Nuestra relación había llegado a un punto muerto y lo peor es que mi vida misma estaba empozada del todo. No quería volver adonde mi madre ni a balazos.
Mal que bien me había acostumbrado a los bienes que Miguel me proveía (el departamento mismo, que sin ser nada del otro mundo, tenía comodidades que superaron desde un inicio mis expectativas). Faltaba a clases en la Universidad constantemente y “jalaba” tontamente cursos. No vislumbraba posibilidad alguna de conseguir una “chamba” decente.
Entonces, el Señor M., mi adorado Mik (pese a todo) un día me propuso irnos a Paris. Su empresa le financiaba una pasantía laboral allí, y con sus ingresos más ahorros, bastaba y sobraba para mi manutención.
“Además, allí puedes volverte una antropóloga de verdad, en una Universidad de verdad y con una pareja de verdad, con un hombre que sinceramente sólo te ama a tí y nadie más. Olvídemos lo que pasó con tu Amiga, fué un mal paso, lo nuestro vale la pena, hay que escribir nuestra propia historia” me dijo y sonaba muy sensato.
No lo pensé dos veces: lo quería, deseaba resucitar nuestra relación del pantanal en donde habíamos naufragado, y a gritos deseaba huir de Lima.
Todo lo que vino después, la decadencia de lo nuestro y el hundimiento de mí misma no fué su culpa sino la mía. Tardé tiempo en entenderlo. Tardé tiempo en madurar y aún no termino de matar a esa niña renegona y rencorosa que llevo dentro, aj, odio eso de mí.
Lo de Amandita -mi querida "Pazde"- bueno, es historia aparte. Ella fue entonces una circunstancia del destino que catalizó todo el proceso. Es más fácil perdonar y comprender a quien no amas y creo que por eso a mi retorno a Lima fué tan espontánea e incluso pasional, nuestra reconciliación.
¿Pero ahora? ¿Con Miguel aquí que no termina de irse? ¿Con la inminente espada de damócles que es su reencuentro con Pazde? ¿Qué me hago con todo esto?.
Siento tantas cosas. Los imagino juntos, los sueño juntos y me da ganas de matarlos.
No creo tener la compasión de perdonarle la vida -como ella hizo una vez conmigo- sí la encuentro intimando con él.
Los días pasan y no sé si es mejor evadir y esperar que todo se resuelva solo -o sea que Miguel se largue de una buena vez- o enfrentar esto cara a cara y no huir más como una ratona cobarde.
Y sin embargo, si Miguel se va creo que la nostalgia me matará lentamente, ahondando los surcos que asoman en mi rostro, haciéndome marchitar en vida. Porque lo quiero, porqué anoche entendí en aquél barato hostal barranquino, cuán necesario es para mí.
Y sin embargo, en este revoltijo amasado por los años, ya no sé si hoy por hoy requiero más del sexo tierno y a la vez ardiente de Miguel o de las dulces y traviesas veladas con Amanda.
Ay, vida. ¿Existe una tecla donde apretar para dejar de pensar?. Pues, nada. Ahora, a fumar un troncho. Cómo "en los buenos tiempos". Ja.