La erección prohibida
-“Bueno, Claudia. Ya está, ya fue. Me voy a la cocina a tomar algo, tengo sed.”
La mujer de Miguel permanece muda, con la mirada fija en algún punto cercano al televisor apagado.
-“Uff… si no quieres decir nada, cosa tuya, amor. Estas cosas pasan. No hagamos un drama ¿puede ser?.”
En la cocina, se bebe una Inca Kola helada. Siente una leve sensación de alivio y abre la puerta del refrigerador para ver si hay algo de comer.
Bruscamente, Clau irrumpe en el espacio.
-“¿Así que estás normal, no?”
Mik siente repentino estrés en la parte alta de la columna.
-“Vamos, come, toma, silba un poco si quieres y después túmbate en la cama a ver el canal del fútbol en la tele, anda Mikito lindo. Total ¿Aquí no ha pasado nada, no?.”
No deseaba esta situación. El tono sarcástico de la voz de su pareja y sus manos en la cintura, son el preludio evidente de la tormenta por desatarse. Decide dar un salto adelante, tomar al toro por los cuernos.
-“Clau, okei, estás molesta. Puedo entenderlo, pero la verdad es simple: lo intentamos, no se dió y punto. Yo no tengo la culpa exclusiva de esto. El amor es una cosa de a dos.”
-“¿Crees que soy una retrasada mental acaso?. ¡Hace cuatro meses que no tiramos, huevón!. ¡Cuatro meses y siempre lo mismo: no se te para!. “Cosa de a dos”, “cosa de a dos” ¡Siempre el mismo rollo, pero la verdad es que no se te levanta, eso es todo! ¿O acaso yo estoy haciendo algo mal? ¡a ver dime pues!.”
Miguel suspira.
-“¿Sabes qué?. Pasa que tú lo quieres resolver esto a las patadas, a los gritos. Qué excitante: me insultas y me reclamas todo. Mi pene y yo te lo vamos a agradecer, seguro.”
-“Estúpido. ¿Por qué no me haces caso?. Desde antes de Navidad te vengo diciendo para que vayamos al doctor a que te vea esto. Mierda, ¿Tu ridículo machismo es más fuerte que lo nuestro? ¡¿Por qué no puedes admitir de una puta vez qué estás con un problema sexual, que no te funciona!?. Estoy segura que debe ser algo simple, algo que te está cayendo mal… como hoy mismo que llegaste a casa con un cólico.”
Claudia está de pie agitando los brazos. Miguel ha tomado asiento y se aferra a su botella de gaseosa, como un niño a su juguete favorito.
-“Es que mi problema, para empezar no es “mi” problema sino “nuestro” problema: se llama “crisis de pareja” por si no te enteras. Lo que tenemos que hacer es sentarnos y conversar tranquilos como adultos. Qué fácil es alzar la voz cuando no se quiere dialogar ¿no?. Así es facilito todo: “la culpa es de Miguel, yo soy la novia perfecta”. No me jodas, pues.”
Espera una respuesta más agresiva de parte de ella, pero para su asombro, Clau hace mutis. Presiente que no es una buena idea, más no puede evitarlo. Sale de la cocina y ahí la encuentra en posición fetal, derrumbada en la alfombra de la sala, llorando.
Pasan diez minutos muertos. Ella desahoga su frustración afectiva y sexual a punta de lágrimas, él la observa temeroso que vuelva a despertar la fiera que su mujer lleva adentro de sí –lo sabe muy bien-.
Claudia se acomoda de pronto sus largos y despeinados cabellos rubios. Sin mirar a su hombre. Simplemente dice con aplomo:
-“Miguel, no soy la histérica intransigente que crees qué soy. Soy una mujer de carne y hueso que está necesitando el cariño de su enamorado. Te propongo algo. Hablemos civilizadamente como tú propones, tú me dices tus críticas hacia mí y yo lo mismo contigo. Nos entendemos de palabra, que eso es importante –te doy la razón en este punto-. Pero…”
Ella hace una pausa, producto del nudo que lleva en la garganta. El se impacienta.
- “Pero ¿Qué?”
- “Pero si aún después de eso, no funcionas en la cama, nos vamos adonde el Doctor Miralles.”
- “¿Quién?”
- “Un urólogo, que también es psicólogo, muy bien recomendado. Creo que es justo lo que necesitas ¿trato hecho?.”
- “A ver.. Primero ¿recomendado por quién? y segundo, si seguimos tu “hoja de ruta” ¿te comprometes a no estallar, no andar gritándome, insultándome y toda la película?”
- “Sé de ese médico por la televisión, radios, periódicos… hasta tiene una columna en “Somos”. Claro, tú vives en otro mundo, no te enteras de lo que toda la gente sabe…y, en cuanto a lo otro, sí, me comprometo a estar tranquila, a ser toda “paz y amor” mientras dure todo el proceso. Ahora sí: ¿trato hecho?.”
- “Trato hecho, Claudia.”
- “Dame un beso, mi vida.”
Las treguas de las guerras del amor resultan a veces terriblemente breves. Como en cualquier guerra, basta que uno de los bandos transgreda un hito, unos centímetros de prudencia, para que el fuego se reanude en dimensiones impías.
Un beso en los labios en la sala de estar a oscuras de un departamento de convivientes y apenas una hora más tarde, cuando los implicados ya se retiraron a su aposento común, el hombre cruza la línea del armisticio.
A las dos de la madrugada, a Claudia le acontece un inesperado descenso menstrual entre sus piernas. Corre al baño sin pensarlo. Al abrir la puerta y prender la luz, la sorpresa: Miguel masturbándose en el lavadero con la inapelable evidencia de su miembro viril erecto y desnudo.
Al otro lado de la pared, en el departamento contiguo, Amanda duerme plácidamente sin imaginar siquiera su inminente ingreso al conflicto.
Sí acaso soñando con la razón de ser de sus futuras desgracias: un vecino prohibido con quien el destino le ha deparado emparentarse tal cual el Guanarpo Hembra con el Guanarpo Macho. Las entrelazadas raíces afrodisíacas de esta batalla que acaba de iniciarse.


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