lunes, enero 19, 2009

Amanda y sus Mundos


“Munditos”. Toda su vida había imaginado, diseñado, construido mundos alternos.

De niña gustaba de romper para luego rehacer, sus casitas de muñecas. Para asombro de sus padres, obtenía y manejaba con destreza materiales de ferretería: pegamento, cartones, teknopor, teflón, clavos…

Casitas y más casitas, una al lado de la otra, pegadas e integradas entre sí por pistas, ríos, malecones: pequeñas ciudades, maquetas de hecho –aunque tal concepto no pasaba aún por su cabeza-.

Lo curioso de los Munditos de la pequeña Amanda era que no tenían habitantes. Al menos no visibles o tangibles. Siempre tuvo aversión por muñecas y similares -como los títeres o los peluches-.

Los “ciudadanos” de aquellas urbes estaban sólo en la mente de la niña hacedora. Eran gente de bien: personas que no negaban un saludo jamás, que nunca jalaban de los cabellos a sus compañeras de estudios, que no le arrojaban objetos a su cónyuge, que nunca alzaban la voz, que no imponían motes denigrantes, que no humillaban al prójimo…

Esta afición fue perfeccionándose mientras avanzaba su etapa escolar. A la par que su deseo por encontrar ese Mundo ideal, esa Utopía, donde siquiera imaginar poder vivir.

Ello le valió reproches familiares, por el quedarse hasta altas horas de la noche despierta contemplando imágenes de revistas extranjeras, dibujando edificaciones fantásticas, construyendo con sus manos casitas, postecitos de luz, parquecitos con la yerba del jardín que daba a su ventana…

También le valió una silente esperanza, especialmente de parte de su madre, aunque compartida por su padre. Tal expectativa se tornó en realidad un domingo de septiembre por la tarde, cuando la entonces colegiala de último año dijo simplemente:

-"Mami, Papi: quiero estudiar Arquitectura."

La aprobación familiar fue pronta y la admisión a la Universidad también. Nada para sorprenderse: la niña siempre había sido una buena estudiante y seguramente habría de ser una estupenda profesional.

No se equivocaron en ello ni el Señor Paz, ni la Señora De la Vega. Tampoco erró Amanda en su decisión.

Su vocación por la Arquitectura fue un acierto imaginado por todos. En lo concerniente al resto: nadie –empezando por la propia “Pazde”- hubo siquiera de prefigurar el extraño curso de los acontecimientos que sucedieron apenas ella inició sus estudios superiores.

Particularmente, quién siquiera habría de presentir que Amanda teñiría con sangre sus futuros hitos: los ríos, los mares y hasta el agua potable de los nuevos mundos en donde habitaría en los años posteriores.