domingo, abril 27, 2008

El Mago




En el fondo solo buscas un poco de ternura, quieres cariño, paz y amor. Amor del bueno, pues. Tienes tu corazoncito.

Pero la tentación te circunda, te envuelve, te atrapa. Eres lujurioso, enfermito, mañosón. Y aunque intentas disimular tus deseos, tu expresión, tu mirada, te delata.

La baba se te cae, los ojos van de un lado al otro cual pelota de ping-pong, sudas, un ligero temblor de manos siempre está allí como para que el entorno intuya que algo anda extraño en ti.

Luego, la historia de siempre, las excusas del caso, un “tengo mi novio, está en Japón, pero igual” o un “He quedado con mis amigas para el sábado” por respuestas a tus intenciones, tus legitimas intenciones que en el fondo solo buscan comprensión y compañía.

En el fondo, eres tierno como un osito de peluche y también complejo como un reloj suizo, interesante como un misterio bíblico, profundo como el Pacifico, solidario y caritativo como un misionero. En el fondo… pero el problema, ay, es la superficie, querido amigo.

Romántico, soñador, músico, conversador y poeta… lascivo, ludópata, sensual, histriónico y supersticioso. ¿Acaso dos almas habitan en ti?

No, no es así. Tu alma es una sola, como tu número. Dos son los colores que representan el fondo y la superficie –tu apariencia-.

Entiéndeme eso por favor: eres uno sólo, nada más que te es difícil conciliar tu esencia con tu expresión. Es que eres un aprendiz, pues, aunque adulto sigues siendo un espíritu niño.

Nunca te conformas con lo que está dado. Necesitas vivir nuevas experiencias. Necesitas emoción y placer. Haz nacido para saborear la vida y hacerlo día a día como quien prueba un postre diferente cada vez que va a la pastelería.

Mi goloso amigo, en tu ansia está tu vitalidad, no reniegues de los sinsabores de la incomprensión que tu actitud inevitablemente pueda generar, porque ¿sabes algo? tienes una inmensa capacidad creativa de inventar situaciones nuevas, de salvar los problemas y alcanzar los objetivos.

Y decirte que no pierdas la esperanza es casi redundante en sí, pues es imposible que la pierdas. Eres un esperanzado por naturaleza. Valoras, amas demasiado vivir como para dejarte ir así nomás.

De muchos colores está pintado tu destino. Y olores, sabores, temperaturas, texturas, sonidos.

Por algo eres el Número I, Mago, maguito del alma. El solitario, el único en su género, el más querido.

Apuesta por la vida, es mi consejo, y no dejes nunca de hacerlo, el amor está a la vuelta de la esquina. Créeme.

miércoles, abril 16, 2008

Pide un deseo



Hubo una vez un niño con estigma. Era por ello objeto de miradas de horror de parte de extraños y de burlas de sus pares de colegio y vecindario.

El niño creció y se volvió un jovencito acomplejado. Vivía tan apegado al arte de observar muchachas hermosas como a la fobia por su imagen en los espejos.

Este joven, en medio de su propia desgracia, aprendió a mirar con compasión a las víctimas de la miseria y del terror que abundaban por las calles de su ciudad en guerra.

Luego entendió que el hambre y la violencia estaban presentes en todo el mundo, pues así se lo decían sus juguetes más preciados: libros y revistas.

Un día, cuando ya rondaba los veintitrés años, tras sufrir su primera decepción amorosa, trepó al viejo árbol de los deseos -descubierto diez años atrás- en un parque enrejado.

Era verano y -bajo el un calor intenso- empezó a dormitar ahí arriba, presa del desencanto, el vacío y la tristeza.

Entonces sintió un susurro.

“¿Quién habla?” pensó y miró alrededor sin ver a nadie. Al rato otra vez, el murmullo sonó.

“¿Eres tú”? preguntó en voz baja.

Empezó de pronto a caer una repentina garúa estival y entre los chasquidos halló un “Sí” como respuesta.

Abrazó al árbol con el alicaído cariño que aún quedaba en su piel y le dijo simplemente “Habla, por favor, dime algo”.

-“Pide un deseo” respondió el olivo.

El joven deseó ser invisible y entonces cayó a tierra. Entre la hierba halló un pomo de pastillas y esa misma tarde empezó a consumirlas una por día.

Al cabo de tres meses, el estigma había desaparecido. Era invisible en su enfermedad a los ojos de la gente y por primera –y única- vez en su vida se sintió normal.

Diez años más tarde estaba claro que su destino podía maquillarse pero no desviarse.

Entre días de dolor y noches de espanto entendió que su misión era voltear, esta vez para siempre, la mirada al hambre y a la guerra y hacerles frente.

“Y el amor viene súbitamente, ¿lo ves?, y es carne y espíritu… placer, compromiso y felicidad… parte del alma y pedazo del universo” sentenció el añejo olivo al ser entonces consultado.

Hubo una vez un niño. Mañana se dirá que hubo una vez un hombre. ¿Uno como tantos?

Si buscas tu respuesta, busca tu elemento. Puede ser un árbol como en esta historia, puede ser otro pedazo de naturaleza. Será tuyo cuando para tocarle y hablarle tengas que transgredir una barrera humana. Le oirás su voz solamente si tienes fe. Te ayudará en el camino, pero el caminante eres tú.