Pide un deseo

Hubo una vez un niño con estigma. Era por ello objeto de miradas de horror de parte de extraños y de burlas de sus pares de colegio y vecindario.
El niño creció y se volvió un jovencito acomplejado. Vivía tan apegado al arte de observar muchachas hermosas como a la fobia por su imagen en los espejos.
Este joven, en medio de su propia desgracia, aprendió a mirar con compasión a las víctimas de la miseria y del terror que abundaban por las calles de su ciudad en guerra.
Luego entendió que el hambre y la violencia estaban presentes en todo el mundo, pues así se lo decían sus juguetes más preciados: libros y revistas.
Un día, cuando ya rondaba los veintitrés años, tras sufrir su primera decepción amorosa, trepó al viejo árbol de los deseos -descubierto diez años atrás- en un parque enrejado.
Era verano y -bajo el un calor intenso- empezó a dormitar ahí arriba, presa del desencanto, el vacío y la tristeza.
Entonces sintió un susurro.
“¿Quién habla?” pensó y miró alrededor sin ver a nadie. Al rato otra vez, el murmullo sonó.
“¿Eres tú”? preguntó en voz baja.
Empezó de pronto a caer una repentina garúa estival y entre los chasquidos halló un “Sí” como respuesta.
Abrazó al árbol con el alicaído cariño que aún quedaba en su piel y le dijo simplemente “Habla, por favor, dime algo”.
-“Pide un deseo” respondió el olivo.
El joven deseó ser invisible y entonces cayó a tierra. Entre la hierba halló un pomo de pastillas y esa misma tarde empezó a consumirlas una por día.
Al cabo de tres meses, el estigma había desaparecido. Era invisible en su enfermedad a los ojos de la gente y por primera –y única- vez en su vida se sintió normal.
Diez años más tarde estaba claro que su destino podía maquillarse pero no desviarse.
Entre días de dolor y noches de espanto entendió que su misión era voltear, esta vez para siempre, la mirada al hambre y a la guerra y hacerles frente.
“Y el amor viene súbitamente, ¿lo ves?, y es carne y espíritu… placer, compromiso y felicidad… parte del alma y pedazo del universo” sentenció el añejo olivo al ser entonces consultado.
Hubo una vez un niño. Mañana se dirá que hubo una vez un hombre. ¿Uno como tantos?
Si buscas tu respuesta, busca tu elemento. Puede ser un árbol como en esta historia, puede ser otro pedazo de naturaleza. Será tuyo cuando para tocarle y hablarle tengas que transgredir una barrera humana. Le oirás su voz solamente si tienes fe. Te ayudará en el camino, pero el caminante eres tú.


1 Comments:
Yo ya me caí de mi nube y pedí mi propio deseo.
Beso
Kari
Publicar un comentario
<< Home