Luz de los Arrepentidos

Lima, un diciembre de tantos en la azotea del edificio.
La terraza está impecable y la piscina habilitada.
Transcurren nomás las horas del día y nadie se anima a subir.
Los niños aún van al colegio. Los jóvenes en sus exámenes finales de universidad. Los mayores atareados cerrando proyectos laborales.
Una brisa agita sutilmente el agua asoleada al esplendor del mediodía.
En sus recuerdos de hombre todo esto era diferente. La piscina vacía. Grisura. Soledad. Amargura.
En las memorias de ella también esto era distinto. La terraza desafiante. La ciudad a sus pies. El frío como una necesaria bofetada.
Casi llorando corrió y corrió por las escaleras huyendo del horror doméstico. (Él).
Con una curiosidad infantil ya olvidada oprimió el botón superior del ascensor a ver qué había allá arriba. (Ella).
¿Adónde ir cuándo ante uno queda sólo el vacío?. Toda lágrima es absurda cuando realizas que tu mundo es un castillo de mentiras. Una casa del espanto con una ser humana culpándote de todo. Yo no soy más que un hombre. Un hombre que se lo creyó todo. Un hombre que siempre temió. (Él)
¿Finalmente de esto se trataba la vida?. Mira que no estaba tan mal en mis meditaciones. Una diseña un edificio de ladrillos, palabras, ideas, ventanas… cosas en resumen. Y esto es lo que es: un mundito más entre tantos otros que precisan ser completados. Toda sonrisa es absurdamente feliz cuando descubres que la misión está dentro de ti. Yo no soy más esa mujer. Esa mujer que dudaba tanto. Hoy las certezas no precisan razones. (Ella).
¿Vida? ¿Muerte? ¿Nada? ¿Por mi culpa? ¿Pecado original? ¿Porqué?. Tomo mi mismicidad y esto que podría llamarse la otredad ¿la realidad?. Un lobo encorvado y aferrado a sí mismo cogiendo con su garra izquierda una botella de Inca Kola. (Él).
Vida. Vida. Vida. Respirar es hacer. Mi cosmicidad da un giro y estoy un piso arriba en la espiral. Desamarro mis cabellos y soy una con el viento. Un hada liberada y casi distraída. Un elemento oscuro recubierto, enternado ¿consternado? descubro ante mí. (Ella).
Fue en aquel otoño de mierda que todo enfrío antes de semana santa. Fue aquel abril maravilloso en que el sol cedió para nosotros. Para ti esto era un comienzo, para mi era un extraño final. Para ti el mundo era eso que llamabas gente, familia, trabajo, para mi este cielo era la cúpula de las providencias. Yo no entendía tus palabras, menos aún porqué me abrazabas. Yo no comprendía porqué no querer escucharme a mí después de haber oído tanta sandez, menos aún la agresividad con que arrojaste esa botella a la piscina sucia u oscura.
Pero te quedaste a mi lado. Pero te no te fuiste.
Y me hablaste de esa mujer que era la síntesis de tus tormentos. Tu pareja. Y me contaste de aquél hombre que te liberó y que ahora sentías, te atrapaba. Tu maestro. Infeliz jefe de hogar. Feliz fugitiva de secta mágico-religiosa.
Se entendieron. Cada cuál a su manera. Riendo. Chillando. Callando. Besando. Bajo un mustio atardecer. En una ensombrecida azotea en fin de temporada.
En esta misma azotea que años después vuelve a su azul esplendor.
Este viento trae memorias. Si los vientos hablaran. Si las paredes hablaran. Si las piscinas hablaran… serían acaso espíritus chismosos prestos a contar la historia de un tal Miguel y una tal Amanda.
Narrarían una historia de amor cursi y peligrosa. Que aconteció en este lugar. Que comenzó al ultimar un verano y terminó al empezar el siguiente. Donde se encontraron dos necesitados que consiguieron en un torpe plan de terapia o sanación, un bello romance, con trágico final y críptico epílogo.
Pero ellos no hablan. Yo tampoco. Yo existo solamente en los desvaríos de los arrepentidos. Luz del Pasado. (Yo).


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