La última luna

Los primeros meses en Barcelona fueron dichosos.
Claudia estaba muy entusiasmada con el mundo universitario, mientras que yo por primera vez en mucho tiempo gozaba de unas vacaciones.
Mi rutina de lunes a viernes consistía en despertarme tarde, leer alguna novela hasta la una, almorzar lo que Clau me había dejado en el refrigerador antes de irse (siempre partía temprano, antes de las nueve), dormir una siesta y luego, o bien asistir a algún taller o seminario del Institut de Advocats, o bien simplemente salir a caminar, a descubrir nuevos barrios, a conocer a la gente, a sentir el mar, a oler el aroma a bosque de Montjuic.
Mi flamante esposa no sospechaba que lo de mi pasantía laboral era mentira y menos aún que nuestro patrimonio conyugal provenía de mis acertadas inversiones bursátiles.
La pasábamos bien por las noches, cenábamos juntos y yo la escuchaba plácidamente narrarme su renovada vida estudiantil. Yo le insistía medio en broma y medio en serio practicar juntos el catalán, lengua por la que me apasioné desde el aeropuerto.
Los fines de semana nos íbamos de paseo a los alrededores, a veces al norte, a Girona; a veces al interior, a Lleida; eventualmente tomábamos el tren de tres horas a Valencia, al sur.
Por primera vez la ví y me ví sonriendo sinceramente.
Resta decir que volvimos a ser una pareja de carne, que nos tornamos unos amantes insaciables y lujuriosos, ávidos de experimentar sensaciones nuevas.
Esta fue de hecho, nuestra auténtica luna de miel. Esta, y no el viaje a Cuba (con cirugía de por medio). Sí, nuestra verdadera, irrepetible, única y última luna.
Aquellos primeros meses, me sentí pleno...aunque toda esa felicidad estuviese construída sobre mentiras y omisiones, cual castillo de naipes destinado a ser derribado ante el primer viento. Y el aire no tardaría en venir...
Claudia estaba muy entusiasmada con el mundo universitario, mientras que yo por primera vez en mucho tiempo gozaba de unas vacaciones.
Mi rutina de lunes a viernes consistía en despertarme tarde, leer alguna novela hasta la una, almorzar lo que Clau me había dejado en el refrigerador antes de irse (siempre partía temprano, antes de las nueve), dormir una siesta y luego, o bien asistir a algún taller o seminario del Institut de Advocats, o bien simplemente salir a caminar, a descubrir nuevos barrios, a conocer a la gente, a sentir el mar, a oler el aroma a bosque de Montjuic.
Mi flamante esposa no sospechaba que lo de mi pasantía laboral era mentira y menos aún que nuestro patrimonio conyugal provenía de mis acertadas inversiones bursátiles.
La pasábamos bien por las noches, cenábamos juntos y yo la escuchaba plácidamente narrarme su renovada vida estudiantil. Yo le insistía medio en broma y medio en serio practicar juntos el catalán, lengua por la que me apasioné desde el aeropuerto.
Los fines de semana nos íbamos de paseo a los alrededores, a veces al norte, a Girona; a veces al interior, a Lleida; eventualmente tomábamos el tren de tres horas a Valencia, al sur.
Por primera vez la ví y me ví sonriendo sinceramente.
Resta decir que volvimos a ser una pareja de carne, que nos tornamos unos amantes insaciables y lujuriosos, ávidos de experimentar sensaciones nuevas.
Esta fue de hecho, nuestra auténtica luna de miel. Esta, y no el viaje a Cuba (con cirugía de por medio). Sí, nuestra verdadera, irrepetible, única y última luna.
Aquellos primeros meses, me sentí pleno...aunque toda esa felicidad estuviese construída sobre mentiras y omisiones, cual castillo de naipes destinado a ser derribado ante el primer viento. Y el aire no tardaría en venir...


1 Comments:
Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.
Publicar un comentario
<< Home