Ramblas abajo

Amanda amaba esta ciudad. Apreciaba su estilo de vida, pero más que ello adoraba su arquitecura.
Cada cátedra que me daba sobre este lugar empezaba y terminaba con un nombre: Gaudí.
A mí me extraña Gaudí (no entiendo su estética), me extraña el estilo de vida de aquí (no me hallo), pero antes que nada extraño a Amanda.
Mi vida sin ella no es mi vida, es la experiencia de un espectro que pulula por una ciudad falaz.
Vago interminablemente por las calles soleadas de inicios de primavera -entre una muchedumbre de mujeres de pasarela- y me siento solo, hundido, acabado.
Empiezan a florecer los árboles de las avenidas y mientras tanto, mi ánimo se marchita pensando en Claudia, en su estigma, en su victimización, en sus lágrimas, en todo aquello que me va a arruinar la cena de esta noche... como todas las noches.
Ahora está peor que nunca: me culpa de todo, de su vida, de su soledad, de sus desgracias. Me emplaza diciendo que jamás tendré la estatura moral de su padre -que en paz descanse-, que soy un indeciso, un pusilánime, un cobarde.
Y dice que quiere irse, abandonarme dizque "a mi suerte" aquí.
Que se vaya, pues.
Que se vaya y que venga Amanda sanadora.
Ah... estoy desvariando. Miguel, Miguel ¿En qué piensas? ¿En qué pensabas cuando decidiste venir aquí, justo aquí, con Clau?.
Sopla uno de los últimos vientos helados del invierno, en menos de diez minutos la vecina de la segunda planta, rubia ella, soltera y escritora amante de los gatos abrirá la puerta al pasar yo por las escaleras frente a su departamento.
Me sonreirá y me pedirá entonces que pase a echarle el Tarot. Yo responderé malament en catalá excusándome ya que mi xicota me espera para menjar. No podre dir la verdad y menos aún parlar bé la seva llengua. Seré un cero a la esquerra. Un cero que piensa en una que se apellida Paz y cuyo recuerdo atormenta mi mente.
Barcelona, me estoy volviendo demente.
Cada cátedra que me daba sobre este lugar empezaba y terminaba con un nombre: Gaudí.
A mí me extraña Gaudí (no entiendo su estética), me extraña el estilo de vida de aquí (no me hallo), pero antes que nada extraño a Amanda.
Mi vida sin ella no es mi vida, es la experiencia de un espectro que pulula por una ciudad falaz.
Vago interminablemente por las calles soleadas de inicios de primavera -entre una muchedumbre de mujeres de pasarela- y me siento solo, hundido, acabado.
Empiezan a florecer los árboles de las avenidas y mientras tanto, mi ánimo se marchita pensando en Claudia, en su estigma, en su victimización, en sus lágrimas, en todo aquello que me va a arruinar la cena de esta noche... como todas las noches.
Ahora está peor que nunca: me culpa de todo, de su vida, de su soledad, de sus desgracias. Me emplaza diciendo que jamás tendré la estatura moral de su padre -que en paz descanse-, que soy un indeciso, un pusilánime, un cobarde.
Y dice que quiere irse, abandonarme dizque "a mi suerte" aquí.
Que se vaya, pues.
Que se vaya y que venga Amanda sanadora.
Ah... estoy desvariando. Miguel, Miguel ¿En qué piensas? ¿En qué pensabas cuando decidiste venir aquí, justo aquí, con Clau?.
Sopla uno de los últimos vientos helados del invierno, en menos de diez minutos la vecina de la segunda planta, rubia ella, soltera y escritora amante de los gatos abrirá la puerta al pasar yo por las escaleras frente a su departamento.
Me sonreirá y me pedirá entonces que pase a echarle el Tarot. Yo responderé malament en catalá excusándome ya que mi xicota me espera para menjar. No podre dir la verdad y menos aún parlar bé la seva llengua. Seré un cero a la esquerra. Un cero que piensa en una que se apellida Paz y cuyo recuerdo atormenta mi mente.
Barcelona, me estoy volviendo demente.


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