De hombre a hombre

"¿Qué hago aquí?". Se preguntó nada más pisar el Jorge Chávez.
Por un momento imaginó que el avión aterrizaría en el Prat de Llobregat, pero hubiese sido igual.
"¿Qué hago aquí?". Habría sido la misma interrogante. De eso estaba seguro.
Nunca aprendió a interiorizar sus convicciones. A pesar de todo lo motivante que resultaba luchar por los derechos humanos, Miguel nunca pudo creer en lo profundo de su alma que todo aquello tuviese sentido.
Tenía claro, eso sí, que ya nunca más haría daño a nadie.
Acaso por eso, prefirió llamar a su madre y decirle que sí, que había llegado a Lima, que todo estaba bien, pero que por favor lo espere hasta el sábado, que necesitaba unos días para arreglar unos asuntos urgentes del trabajo.
Lo único urgente empero, era recibir un consejo: ¿Qué hacer ahora?. Así de simple y así de complejo.
Tomó un taxi hacia la vieja casona de la costanera, en San Miguel confiando en que su antiguo consejero aún debía encontrarse allí.
Estaba en lo cierto y a la vez no. La persona que abrió la puerta ya no era la de antes y la casa que antaño resaltase por sus colores chillones había palidecido hasta el punto de asemejarse a una dependencia estatal de algún sector rezagado históricamente como Salud o Educación.
Se reconocieron de inmediato y simultáneamente pensaron lo mismo: “Pobre hombre: ¿Qué fué de todos sus sueños?”.
Le invitó a tomar asiento en la sala. Se acomodaron en un par de viejos sillones.
Por cortesía, Miguel le preguntó por Estela.
Augusto -sosegado como de costumbre- le respondió que muy bien, que ahora mismo había salido a hacer las compras al mercado.
El aún esposo de Claudia calló y calló.
El Maestro sin pupilos, salvo la amada incondicional (aquella estela terca que lo perseguía adonde fuese, cual ondina al barco aún más errante) entendió que debía aconsejarle.
-“Yo no soy tu Maestro, ante todo, debo aclarar…”.
-“Sí. Que eres el Maestro de Amanda y que a mí sólo me darás un par de consejos puntuales, lo sé. Me dijiste esa misma frase hace seis años ¿recuerdas?”
-“Claro que lo recuerdo…claro que la recuerdo…”
Le mira fijamente a los ojos.
-“Miguel yo ya no soy más su Maestro”.
Y se acerca para abrazarlo.
-“Aún así no he de revelarte los secretos de una Sanadora y menos aún de ella”
-“Sólamente quiero que me des tu opinión, Augusto. Tu mirada lo dice todo: sabes que me siento muy confundido”.
-“Cierra tus círculos de una vez. Ya diste el gran paso. Te enfrentaste a tus miedos. Te fuiste. Regresaste. Ahora debes terminar esta historia. Habla con ellas”
-“¿Con ambas?”
Le da un pellizco fraternal en el hombro izquierdo. Miguel puede sentir un halo de nostalgia.
-“Aunque te mueras por estar al lado de Amanda, es a tu mujer a quién debes buscar primero y lo demás vendrá nomás…y la verdad se abrirá paso… y quizás no resulten las cosas como soñaste, pero serás un hombre mejor… amarás mejor, al mundo, a ti mismo…y a ella, desde luego”.
Los dos hombres se abrazan. Miguel sabe que Augusto tiene razón. El Maestro Rocha sabe que está haciendo lo correcto. Uno no quiere parecer un hombrecito inmaduro y frágil. El otro no quiere parecer un viejo reblandecido. Nadie llora.
-“¿Y aquello?”
Se oye el abrir de la puerta. Estela ha llegado.
-“Vete por favor… tienes un futuro por vivir, a mí sólo me queda este presente que conservar”
-“Por favor, nada más dime si aquello se acerca a lo que yo imaginaba”
-“Puede ser, pero recuerda que el pasado se reinventa… sé prudente con Claudia ¿Sí?...”
Y que también lo sea con Amanda iba a rematar, más un nudo en la garganta se lo impidió al recordarla o fantasearla bella e inocente; al realizar que ya no existe más la Unión, que aquellos tiempos no volverán.
-“Adiós Augusto… Estela ¿Cómo le va?”
Una frase para salir del paso, al cruzarse en el umbral con aquella mujer de quién siempre sintió un mirar malidicente de reproche.
El mar de la Costa Verde es tímidamente iluminado por un rayo de sol que atraviesa -sin pedirle permiso- a la tupida neblina limeña.
Por un momento imaginó que el avión aterrizaría en el Prat de Llobregat, pero hubiese sido igual.
"¿Qué hago aquí?". Habría sido la misma interrogante. De eso estaba seguro.
Nunca aprendió a interiorizar sus convicciones. A pesar de todo lo motivante que resultaba luchar por los derechos humanos, Miguel nunca pudo creer en lo profundo de su alma que todo aquello tuviese sentido.
Tenía claro, eso sí, que ya nunca más haría daño a nadie.
Acaso por eso, prefirió llamar a su madre y decirle que sí, que había llegado a Lima, que todo estaba bien, pero que por favor lo espere hasta el sábado, que necesitaba unos días para arreglar unos asuntos urgentes del trabajo.
Lo único urgente empero, era recibir un consejo: ¿Qué hacer ahora?. Así de simple y así de complejo.
Tomó un taxi hacia la vieja casona de la costanera, en San Miguel confiando en que su antiguo consejero aún debía encontrarse allí.
Estaba en lo cierto y a la vez no. La persona que abrió la puerta ya no era la de antes y la casa que antaño resaltase por sus colores chillones había palidecido hasta el punto de asemejarse a una dependencia estatal de algún sector rezagado históricamente como Salud o Educación.
Se reconocieron de inmediato y simultáneamente pensaron lo mismo: “Pobre hombre: ¿Qué fué de todos sus sueños?”.
Le invitó a tomar asiento en la sala. Se acomodaron en un par de viejos sillones.
Por cortesía, Miguel le preguntó por Estela.
Augusto -sosegado como de costumbre- le respondió que muy bien, que ahora mismo había salido a hacer las compras al mercado.
El aún esposo de Claudia calló y calló.
El Maestro sin pupilos, salvo la amada incondicional (aquella estela terca que lo perseguía adonde fuese, cual ondina al barco aún más errante) entendió que debía aconsejarle.
-“Yo no soy tu Maestro, ante todo, debo aclarar…”.
-“Sí. Que eres el Maestro de Amanda y que a mí sólo me darás un par de consejos puntuales, lo sé. Me dijiste esa misma frase hace seis años ¿recuerdas?”
-“Claro que lo recuerdo…claro que la recuerdo…”
Le mira fijamente a los ojos.
-“Miguel yo ya no soy más su Maestro”.
Y se acerca para abrazarlo.
-“Aún así no he de revelarte los secretos de una Sanadora y menos aún de ella”
-“Sólamente quiero que me des tu opinión, Augusto. Tu mirada lo dice todo: sabes que me siento muy confundido”.
-“Cierra tus círculos de una vez. Ya diste el gran paso. Te enfrentaste a tus miedos. Te fuiste. Regresaste. Ahora debes terminar esta historia. Habla con ellas”
-“¿Con ambas?”
Le da un pellizco fraternal en el hombro izquierdo. Miguel puede sentir un halo de nostalgia.
-“Aunque te mueras por estar al lado de Amanda, es a tu mujer a quién debes buscar primero y lo demás vendrá nomás…y la verdad se abrirá paso… y quizás no resulten las cosas como soñaste, pero serás un hombre mejor… amarás mejor, al mundo, a ti mismo…y a ella, desde luego”.
Los dos hombres se abrazan. Miguel sabe que Augusto tiene razón. El Maestro Rocha sabe que está haciendo lo correcto. Uno no quiere parecer un hombrecito inmaduro y frágil. El otro no quiere parecer un viejo reblandecido. Nadie llora.
-“¿Y aquello?”
Se oye el abrir de la puerta. Estela ha llegado.
-“Vete por favor… tienes un futuro por vivir, a mí sólo me queda este presente que conservar”
-“Por favor, nada más dime si aquello se acerca a lo que yo imaginaba”
-“Puede ser, pero recuerda que el pasado se reinventa… sé prudente con Claudia ¿Sí?...”
Y que también lo sea con Amanda iba a rematar, más un nudo en la garganta se lo impidió al recordarla o fantasearla bella e inocente; al realizar que ya no existe más la Unión, que aquellos tiempos no volverán.
-“Adiós Augusto… Estela ¿Cómo le va?”
Una frase para salir del paso, al cruzarse en el umbral con aquella mujer de quién siempre sintió un mirar malidicente de reproche.
El mar de la Costa Verde es tímidamente iluminado por un rayo de sol que atraviesa -sin pedirle permiso- a la tupida neblina limeña.


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