domingo, noviembre 01, 2009

Insensatez


Miguel pasaba de una burbuja a la otra. De la política al hogar. De los derechos humanos a su mujer. De la chamba a Claudia. Resignado, espiaba a las vecinas. Esa creencia en las hadas. Esa idea que las hadas pueden encarnarse en mujeres.

Amanda se lavaba la cara. Para olvidar. Para olvidar a su familia. Para olvidar a las monjas del colegio. Para olvidar los libros por leer. Para olvidar a Augusto, a Estela y a la Unión. Para olvidar el recuerdo de Claudia. Para olvidar el daño, los daños. Para no soñar matar más. Se lavaba para imaginar la felicidad.

Claudia se arreglaba el cabello. Se contemplaba los ojos. Se estudiaba cada facción de su rostro perfectamente falaz. Claudia inquiría al espejo y el espejo le devolvía un más allá, una ventana, un cielo, una ciudad, una sociedad, un mundo. Claudia no sabía ni quería saber qué hacer con tanta información. Claudia quería romper el espejo pero entendía que tras cada espejo siempre vendría otro. Asumía al espejo como un compañero que estaría a su lado desde niña hasta vieja y que así es la vida.

Miguel fantaseaba con la libertad pero la libertad era un imposible. O mejor dicho, era inimaginable, hasta que apareció Amanda y ella aparentó existir y tuvo nombre de mujer. Y ahora mediaba algo más que un oceáno entre ambos.

Amanda imaginó que la felicidad se curaba sanando culpas -las propias y las ajenas- y le puso nombre de varón al exorcismo, al tabú, a la venganza y Miguel se llamó la circunstancial criatura. Craso error y sin embargo, inevitable sentirle como un miembro fantasma, escindido de sí y a la vez requerido (por no decir anhelado).

Claudia no esperó que el espejo se quebrase para mal hasta la noche infame en que ello aconteció ante su propio rostro. Menos aún pensó que años más tarde habría de acontecer nuevamente -y por las mismas manos- pero para bien. Una de esas tantas ironías: lucecitas de estrellas muertas que dan sentido a la más oscura noche y se parecen por momentos a eso que se llama amor.

Cuando Claudia besó a Miguel por última vez, al menos eso fue lo que creyó sentir, pero quién habría de saberlo.

Tanta es la insentatez que se precisa para cometer un error, como la que se necesita para repararlo y al hacerlo, cometer otro yerro más.

Así se escribe esta historia de ilusiones y desencantos, pero por absurdo que parezca aún queda un giro por delante, denominémosle "Lima" .

Porque al final, todo queda en Lima.
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Capítulo correspondiente a la Parte IV: "Desencantos"
Fecha en la ficción: Año 2005

1 Comments:

Blogger Nessia said...

Amigo ya cuelga el sgte! :D

10:48 a. m.  

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