Amanda amaba

Amanda amaba.
Amaba la naturaleza, los atardeceres en la playa, los cerros de Santa Eulalia, los recuerdos de tantos viajes en tren por campos remotos y floreados. A la vida.
Amaba a la gente, a todos y a todas quienes le hacían reír y también pensar, a la complicidad de sus amigas, a la blanca serenidad del placer intemporal que se procuraba con sus amantes. Al juego de la vida.
Amanda amaba, amaba demasiado.
Amaba tanto que se podía decir que era feliz. Tanto, que estudiaba despreocupada, aprendiendo dormida, aprobando con las más altas calificaciones. Tanto amaba, que perdía la noción de los vaivenes de la vida y así, extraviada, era querida y apreciada por su entorno.
Amanda amaba su trabajo y su trabajo le mimaba. Amigas y amigos. Viajes. Un sueldo de envidia. Sin ambiciones, crecía, ganaba posiciones. Tan radiante se la veía a cualquier día y a cualquier hora que podía decirse que era hermosa. Y glamorosa, elegante, simpática, dichosa… amable.
Amanda amable amaba.
Hasta que un día el karma se llamó Claudia. Apareció porque sí el día de la mudanza. Resultó ser la nueva vecina de su departamento recién estrenado. Resultó ser una antigua compañera del colegio a quien no veía hacía años.
-“Claudia, Clau ¿Eres tú? ¡A los años!”
-“¿Amanda Pazde…? ¿del Sophianum? ¡Qué sorpresa! ¡Estás regia!”
-“Gracias… tú estás divina, mujer…”
-“Ay, no… ni digas… estoy hecha un desastre con el estrés que me mata… ¿Ves estas ojeras?... entre mi mamá, la rutina y Miguel, ni duermo, ni vivo.”
-“¿Miguel?”
-“Mi novio. El de abajo, allá en el estacionamiento… uy, ya se subió al carro. Otro día te lo presento.”
Amanda tenía balcón con vista al mar. Claudia maldormía frente a un estacionamiento. Amanda amaba su soledad, cuando aquella venía. Claudia desesperaba esperando a Miguel. Amanda salía del trabajo. Clau, apagaba la tele. Amanda regresaba del trabajo y por la escaleras oía palabras en inglés que provenían del “home theater” de Claudia. ¿O de Miguel?. Bueno, de Claudia y de Miguel.
Un día Amanda conoció a Miguel. Un día que Claudia temió llegar, Amanda Paz de la Vega habló con él.
-“Hola”. Dijo Miguel, con una voz arroncada.
-“Hola”. Le respondió “Pazde”, con una mirada zen.
Entonces empezaron los problemas.
Amaba la naturaleza, los atardeceres en la playa, los cerros de Santa Eulalia, los recuerdos de tantos viajes en tren por campos remotos y floreados. A la vida.
Amaba a la gente, a todos y a todas quienes le hacían reír y también pensar, a la complicidad de sus amigas, a la blanca serenidad del placer intemporal que se procuraba con sus amantes. Al juego de la vida.
Amanda amaba, amaba demasiado.
Amaba tanto que se podía decir que era feliz. Tanto, que estudiaba despreocupada, aprendiendo dormida, aprobando con las más altas calificaciones. Tanto amaba, que perdía la noción de los vaivenes de la vida y así, extraviada, era querida y apreciada por su entorno.
Amanda amaba su trabajo y su trabajo le mimaba. Amigas y amigos. Viajes. Un sueldo de envidia. Sin ambiciones, crecía, ganaba posiciones. Tan radiante se la veía a cualquier día y a cualquier hora que podía decirse que era hermosa. Y glamorosa, elegante, simpática, dichosa… amable.
Amanda amable amaba.
Hasta que un día el karma se llamó Claudia. Apareció porque sí el día de la mudanza. Resultó ser la nueva vecina de su departamento recién estrenado. Resultó ser una antigua compañera del colegio a quien no veía hacía años.
-“Claudia, Clau ¿Eres tú? ¡A los años!”
-“¿Amanda Pazde…? ¿del Sophianum? ¡Qué sorpresa! ¡Estás regia!”
-“Gracias… tú estás divina, mujer…”
-“Ay, no… ni digas… estoy hecha un desastre con el estrés que me mata… ¿Ves estas ojeras?... entre mi mamá, la rutina y Miguel, ni duermo, ni vivo.”
-“¿Miguel?”
-“Mi novio. El de abajo, allá en el estacionamiento… uy, ya se subió al carro. Otro día te lo presento.”
Amanda tenía balcón con vista al mar. Claudia maldormía frente a un estacionamiento. Amanda amaba su soledad, cuando aquella venía. Claudia desesperaba esperando a Miguel. Amanda salía del trabajo. Clau, apagaba la tele. Amanda regresaba del trabajo y por la escaleras oía palabras en inglés que provenían del “home theater” de Claudia. ¿O de Miguel?. Bueno, de Claudia y de Miguel.
Un día Amanda conoció a Miguel. Un día que Claudia temió llegar, Amanda Paz de la Vega habló con él.
-“Hola”. Dijo Miguel, con una voz arroncada.
-“Hola”. Le respondió “Pazde”, con una mirada zen.
Entonces empezaron los problemas.


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